Uso de La Celestina en el diario anticlerical del XIX El Motín
El diario anticlerical y republicano que se publicó en Madrid a partir de 1881 y luego a principios del XX recurre con frecuencia a alusiones a celestinas como aliadas de los curas para taparles sus pecados o para insultar al político Sagasta por sus manejos electorales. Pero lo más curioso son estas dos referencias al texto de La Celestina como arma contra la hipocresía reinante y los jesuitas.
El primero es de un número de 1884 y el segundo de 1891, que se pueden ver en la Hemeroteca en línea de la BNE.
Copio los textos completos y adjunto los pdfs para los que quieran ver el tono del periódico. Por cierto, el director del periódico fue acusado de dar cobijo al anarquista Mateo Morral que tiro la bomba al cortejo nupcial de Alfonso XIII pero luego exonerado. Está enterrado en el cementerio civil de Madrid.
1884 ________________________________ MORALIDAD DEL CLERO - III Y ÚLTIMO Refiriéndose a las costumbres de los canónigos de la iglesia de Santiago, comienza un capítulo de la Historia Compostelana con estas palabras: «Vivian como animales.» Como prueba de la edificante vida que hacían los frailes en los días de los Reyes Católicos, contaremos las instrucciones que D. Fernando y doña Isabel dieron al conde de Tendilla, embajador de España en Roma, para que tratase con el Papa asuntos relacionados con el arreglo de los conventos: «Otrosí, fareis relación á Su Santidad quanto es buena, honesta e provechosa la ley que Nos ficimos en las Cortes de Toledo el año de 80, sobre la punición de las mancebas de los clérigos, e fraile, e casado, cuyo traslado autorizado vos llevais.» Por el mismo embajador remitieron una carta al Papa, en la cual se expresaban así:
«Porque en estos nuestros reinos hay muchas órdenes, religiones e monasterios, que non guardan su religión, nin viven ansi honestamente como deben, antes son muy desonestos e desordenados en vivir e en la administración de los bienes de las mismas casas, de lo que nascen muchos escándalos e inconvenientes e disoluciones e cosas de mal ejemplo en los lugares donde están las tales casas e monasterios, de que nuestro Señor es mucho diservido.» El piadoso franciscano fray Ambrosio Montesino, predicador de Isabel la Católica, decía con referencia á las órdenes monásticas: «Apenas resplandece en ellas alguna pisada de sus bienaventurados fundadores.» El cura de los palacios censura acremente los excesos de los regulares de ambos sexos. Más explícito, el ilustre Fernández de Oviedo, dice: «Ansí tienen hijos los frailes y monjas, como si no fuesen religiosos.»
Dejamos a un lado la ley que dió D. Alfonso X para Salamanca, disponiendo que por excepción pudieren heredar los hijos sacrílegos, es decir, de clérigo: no queremos hablar de la ley de D. Pedro de Castilla, reglamentando el traje y el número de las mancebas de los curas, ni de otras muchas leyes acerca de las concubinas de los clérigos y de los hijos. Pasamos todo esto por alto, y vamos a terminar este artículo reproduciendo un trozo de La Celestina, una de las obras más bellas de la literatura española, y la que más ediciones ha alcanzado, sin que la escrupulosa Inquisición molestara á los editores, lo cual prueba que no hay exageración en la pintura que de las costumbres clericales hace Fernando de Rojas. Habla Celestina de las muchas huéspedas que tenía en los días de su grandeza, á lo que observa Lucrecia:
Lucrecia. -Trabajo tenías, madre, con tantas mozas; que es un ganado muy penoso de guardar. Celestina. -¿Trabajo, mi amor? Antes descanso y alivio. Todas me obedecían, todas me honraban, de todas era acatada, ninguna salía de mi querer; lo que yo decía era lo bueno, a cada cual daba cobro. No escogían más de lo que yo les mandaba: cojo, ó tuerto, ó manco, aquel habían por sano quien más dinero me daba. Mío era el provecho, suyo el afán. Pues servidores, ¿no tenía por causa dellas? Caballeros, mozos, viejos, abades, de todas dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la iglesia veía derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa; el que menos había de negociar conmigo, por más ruin se tenía. De media legua que me viesen, dejaban las horas; uno á uno, dos á dos, venían á donde yo estaba, á ver si mandaba algo, á preguntarme cada uno por la suya. En viéndome entrar, se turbaban todos, que no hacían ni decían cosa a derechas. Unos me llamaban señora, otros tía, otros enamorada, otros vieja honrada. Allí se concertaban sus venidas a mi casa; allí las idas á la suya: allí se me ofrecían dineros; allí otras dádivas, besando el cabo de mi manto, y aun algunos en la cara por tenerme más contenta... Agora hame traído la fortuna á tal estado, que me digas, buena pro te hagan las zapatas. Sempronio. -Espantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas desa religiosa gente y benditas coronas. Sé que no serían todos. Celestina. -No, hijo; ni Dios lo mande que yo tal cosa levante; que muchos viejos devotos había con quien yo poco medraba, y aun que no me podían ver; pero creo que de envidia de los otros que me hablaban. Como la clerecía era grande, había de todo: unos muy castos, otros que tienen cargo de mantener a las de mi oficio, aun todavía creo que no faltan. Y enviaban sus escuderos y mozos a que me acompañasen; y apenas era llegada a mi casa, cuando entraban por mi puerta muchos pollos y gallinas, ansarones, perdices, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo, lechones; cada cual como lo rescelia de aquellos diezmos de Dios, así lo venían a registrar, para que comiese yo y aquellas sus devotas. Pues, ¿vino? ¿No me sobraba de lo mejor que se bebía en la ciudad? Venido de todas partes: de Monviedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de San Martín y de otros muchos lugares, y tantos que, aunque tengo la diferencia de los gustos y sabor en la boca, no tengo la diversidad de sus tierras en la memoria; que harto es que una vieja como yo, en oliendo cualquier vino, diga de dónde es. Pues otros curas sin renta; no era ofrecido el bodigo, cuando besando el feligrés la estola, era del primer voleo en mi casa. Espesos como piedras, á tablado entraban muchachos cargados de provisiones por mi puerta. No sé cómo puedo vivir, cayendo de tal estado.»
Y no copiamos más, porque lo copiado basta para que nuestros lectores disculpen el orgullo que experimentamos al ver que coincidimos con Padres de la Iglesia, Papas y Concilios en la noble y santa tarea de procurar la moralización del clero por medio de la publicación de sus faltas; orgullo que nos hace despreciar los insultos, injurias y calumnias de que somos víctimas, y que esperamos que se nos tengan en cuenta el día de la liquidación general en justo descargo de nuestras culpas, que al fin y al cabo, pecadores somos como el presbítero que menos. ________________________________
________________________________ 1891 UN VOTO DE CALIDAD No trato á los redactores de La Libertad, periódico que por su título y por algunos de sus escritos más parece de los nuestros que conservador, pero la justicia me obliga a hacer en favor de ellos una excepción en lo relativo á la manera de juzgar estas cuestiones de la moral al uso. Sin ir más lejos, el día 10 publicó un notable artículo burlándose donosamente de la pudorosa Alemania, por haber dado una muestra de su amor á las buenas costumbres recogiendo las obras completas del gran poeta Goethe, solo porque, allá en los tiempos en que escribía su periódico, deslizó en él unas cuantas líneas de carácter pornográfico, que no cercenó el editor. Y añade La Libertad en este estilo en que la ironía iguala al gracejo: «Gracias al polizonte alemán se ha salvado la moral germánica, gravemente amenazada y aun herida por la pluma del autor de Werter. Este trop de zèle me recuerda la mutilación ordenada por cierto obispo en una imagen, obra maestra de un escultor de principios de siglo. Fue el caso que el artista labró con perfección rarísima una Dolorosa. Está la madre del Salvador, porque aún existe esta joya veneranda, derribada al pie de la cruz, con los ojos, velados por las lágrimas, fijos en el cielo, y con el semblante contraído por la expresión augusta del dolor. Es imposible mirar aquella imagen sin sentirse hondamente conmovido. En aquel semblante están, como en cifra, todos los dolores y todas las angustias que pueden destrozar el corazón de una madre. El escultor, para expresar con la mayor verdad posible el abandono de la cuida, había tallado el ropaje de la escultura de tal suerte, que dejaba al descubierto todo un pie y parte de la pierna de la imagen... Pues bien; el obispo de mi cuento ó de mi historia dió orden para que se aserrase aquel pie, con objeto de evitar toda idea poco casta por parte de los fieles. ¡Si sería precavido Su Ilustrísima! Parecido a este sacrilegio de lo humano ó lo divino, ha sido el acto practicado por la celosa autoridad de Coblenza. Y he aquí que con este motivo se le presenta a Max Nordau excelente ocasión para aumentar, con una nueva, el catálogo de sus cinco famosas mentiras: la mentira de la castidad. Es cosa ya de puro sabida y olvidada, que no es lo malo pecar ni publicar de palabra el pecado... Lo malo es referirlo en letras de molde, aunque sea para anatematizarlo. Nadie se espanta de oír en corrillos y en tertulias las mayores obscenidades... las autoridades permiten que se exhiba el vicio como mercancía pregonada... nuestras hijas y nuestras mujeres se codean en el teatro y en el jusco con mujeres de la vida airada. Pero ¡ay del escritor que saca en sus libros o a las tablas del teatro una de esas desgraciadas! Entonces el tal escritor será tenido por corruptor de las costumbres y por desmoralizador empedernido. Hipocresía se llama esta figura. El autor, si ha de cumplir su misión, debe reflejar en sus obras el mundo que le rodea: su entendimiento es como el foco de un lente en que se entrecruzan todas las tendencias, direcciones, sentimientos, creencias, aspiraciones, ideales de una raza y de una época. Por esto se ha dicho, con profunda verdad, que el arte expresa más y con más verdad que la misma historia. Y si la primera condición del artista ha de ser la veracidad, ¿cómo había aquél de cumplir con sus deberes artísticos deformando la naturaleza y falseando las costumbres? ¿Hubiera podido Juvenal escribir sus sátiras inmortales si no hubiese pintado al desnudo los vicios romanos? ¿Sería Luciano el primer escritor festivo de la época clásica si no hubiera reflejado en sus diálogos la impiedad de sus contemporáneos? Nuestra Celestina, nuestras novelas picarescas, las comedias de Tirso, las jácaras de Quevedo, las coplas de Cristóbal del Castillejo... ¿no son glorias de nuestra literatura y el mejor monumento en que nosotros los modernos podemos estudiar las sociedades pasadas? Pues si esto es así, ¿por qué fingir pudores ridículos ante las obras contemporáneas, escrúpulos de monja, porque sus autores copian lo que ven sus ojos y lo que tocan sus manos! Existe en esto una verdadera contradicción. A medida que las costumbres se corrompen, la literatura se va haciendo más casta. Diríase que la sociedad, en vez de pudor, lo que siente es vergüenza de que se vean las lacras que manchan su desnudez. Siempre la fealdad ha sido más pudorosa que la belleza. -ZEDA.» ________________________________
Prof. Enrique Fernandez Dept. of French, Spanish and Italian University of Manitoba Winnipeg, Canada R3T2N2 enrique.fernandez@umanitoba.camailto:enrique.fernandez@umanitoba.ca
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